El crítico interior

Cómo se manifiesta nuestro crítico interior

Nos criamos en un medio donde nos acostumbraron a vivir complaciendo a los demás para quedar bien: tenemos que ser amables, agradables si queremos ser aceptados. Así empieza a constituirse en nosotros una especie de juez que se encarga de acumular todo tipo de normas sobre cómo actuar o dejar de hacerlo en cada momento, sobre cómo vestirnos o sentir, sobre cómo comportarnos para estar a salvo en el mundo. "Si uno hace tal cosa, pasa tal otra," nos advierte; "si uno se porta de tal manera, es inevitablemente castigado." Entonces empezamos a supeditarnos a una serie de reglas que pasan en una buena medida por dejar de hacer o por hacer según los otros esperan de nosotros para conformarlos.

Comenzamos a vivir en función de fórmulas escrupulosamente almacenadas que nos alejan cada vez más de lo que sentimos; comenzamos a abandonar el ser, a salirnos de nuestro EJE. Empiezan a ser los otros en vez de nosotros los que regulan nuestra vida. Y al final terminamos no conformando a nadie porque, como no estamos dentro del otro, tampoco sabemos lo que él realmente espera.

Nuestro crítico empieza a incorporar reglas que nos llevan a estar como las ratas en un laboratorio; nos vamos recortando, cercenando libertades. Sin percibirlo vamos metiéndonos como en un envase o envoltorio. Pero en realidad no son los de afuera los que nos obligan a hacerlo sino nosotros mismos. Es la singular incorporación de órdenes explícitas o implícitas transmitidas por nuestros padres, nuestra comunidad o el entorno en el que crecimos la que nos traba. De ahí que el obstáculo mayor vaya con nosotros; transportamos al enemigo adentro.


Nacimiento y desarrollo del crítico interior

Nuestro crítico nace con una causa justa: la de protegernos. En nuestros primeros años de vida somos tan vulnerables a la crítica ajena y tenemos tal capacidad de absorción de lo que los otros nos señalan como errores que nuestro crítico se erige para ayudar a defendernos. En su forma de ver las cosas, si él nos critica primero se asegura de que no cometamos errores y por consiguiente, de que no nos abandonen, rechacen o profieran duras críticas. Evita así que nos expongamos al ridículo o a pasar vergüenza.

Pero el crítico se consolida con los años y va ganando paulatinamente más terreno. Es como una voz que empieza a monitorearnos, a controlar todo lo que vamos haciendo o diciendo, a castigarnos y hablar en contra nuestro. Hal Stone lo define como "esa imperceptible voz que no cesa de hacer comentarios sobre lo mal que estamos haciendo las cosas" ya que su especialidad mayor no es tanto indicarnos cómo actuar sino más bien cómo no hacerlo. Se parece a una FM que transmite sólo para nosotros, o a una cinta de grabador que olvidamos parar y que nos acompaña como telón de fondo en todos nuestros quehaceres. Pero lo interesante es que muchas veces nos da órdenes contradictorias: si fuimos muy expresivos por ejemplo, nos reprende por haber sido demasiado extrovertidos, y si fuimos por el contrario sobrios en la demostración de nuestros afectos, nos reprocha el haber sido tan cortos. Además, tiene una notable capacidad de transformar cualquier trivialidad en un holocausto mayor.

Para Hal Stone, el crítico actúa en nosotros como si fuera una pesadísima mochila de cemento que venimos cargando desde hace años y de la que ni siquiera tenemos noticia. Por ser increíblemente intuitivo, dice, sabe qué fallas señalarnos y en qué deslices detenerse, los que más nos duelen. Pronuncia sus dictámenes con tal autoridad que parece casi infalible. Se considera un "experto" en cualquier área de la vida y opina en cada oportunidad como si fuera Dios: sabe siempre cuál es el modo ideal de navegar, cuál el de criar un hijo, qué hacer a la hora de pintar una pared o cómo leer un libro correctamente. Por eso es tan difícil sentirse bien teniéndolo adentro: jamás vamos a poder satisfacer sus expectativas.

El crítico interior se mueve en torno a dos axiomas: "hay un único modo de hacer las cosas bien" -uno las está haciendo irremediablemente mal- y "los otros están registrando cada una de nuestras fallas." Al margen de lo bien que hagamos algo, de lo puntillosos y exhaustivos que lleguemos a ser, nuestro crítico va a quedar siempre insatisfecho. Por eso el único modo de vencerlo es saliéndose de su juego.

Nuestro crítico tiene mucho que ver con nuestro perfeccionista, ese personaje que quiere hacer todo diez puntos o no hacer nada. A veces gente que uno tilda de "vaga" es así justamente por tener un grado de exigencia tan feroz que prefiere no hacer nada a tener que soportar los comentarios lapidarios que le hace el perfeccionista que lleva dentro.


Cómo salir del embrollo

La propuesta es empezar a tomar contacto con nuestro crítico conociendo los motivos que le dan origen. El primer paso es aprender a escuchar qué es lo que nos dice, cuál es su texto específico, cómo verbaliza las órdenes que imparte para poder después positivizarlas y canalizar esa misma fuerza para crecer. Hay un lenguaje que es común a todos los críticos -son sus preferidas palabras como "error garrafal, fracaso o síntoma"- pero otro que es muy propio de cada persona, que tiene una estrecha relación con su crianza, con las situaciones de vida particulares por las que atravesó, y también con las características de su temperamento. Seguramente vamos a poder reconocer qué obsesiones de nuestro crítico heredamos de nuestra madre o qué temores eran típicos de nuestro padre, un pariente cercano o algún maestro que marcó nuestra infancia.

Cuando empezamos a tomar conciencia de nuestro crítico, lo volvemos a escuchar pero ya de otro modo, no obedeciendo compulsivamente a lo que nos ordena. Tomamos cierta distancia.

Y una de las reglas básicas para salirnos de su juego es "no hacer o dejar de hacer nada tratando de conseguir amor, dinero o poder." Otra es no asociar el error a una experiencia de fracaso. El error simplemente forma parte de un aprendizaje necesario pues nos señala qué opción dejar de lado en otra oportunidad y cómo abrirnos a propuestas más productivas en el futuro. Además, nunca hay mejor empresa que aquella que se realiza. Si uno lo intenta, no se queda con el "hubiera o hubiese" o con el "debería haber hecho tal o cual cosa," que no hacen más que dejarnos con el sabor de la asignatura pendiente.

Deberíamos reencontrarnos con nuestro crítico con esta actitud: la de aceptarnos con nuestros más y nuestros menos -no tenemos por qué ser en todo más-, la de permitirnos ser porque desde ese lugar vamos a lograr seguramente mejores resultados que por hacer fuerza o presión. Hay una ley de Chopra que viene al caso, la del menor esfuerzo; cuando las cosas no salen fáciles, cuando uno tiene que forzar situaciones en demasía, debería abandonar ese camino. Cuando las cosas son y tienen que ser, se dan bastante sencilla y prolijamente.

Además de comenzar a tener una calidad de vida diferente por reconocer y desarticular al crítico que tenemos adentro, nos cambian automáticamente muchas de las relaciones con las que estamos comprometidos. Porque con la misma vara con que nos juzgamos a nosotros juzgamos a los demás, con la misma vara educamos a nuestros hijos y les trasladamos la carga de nuestro propio crítico. El crítico representa por eso la mayor traba para las relaciones interpersonales y el mayor inhibidor de nuestro proceso de crecimiento personal.

En el ámbito de la empresa ocurre lo mismo. Nuestro crítico puede transformarse en el elemento que más detenga el desarrollo de las personas que tengamos a nuestro cargo. Siendo jefes muchas veces sin quererlo podemos trasladar nuestra despiadada autoexigencia a los demás convirtiéndola encubiertamente en una recriminación.

Es muy probable que tras un empleado ineficiente e improductivo se esconda una exigencia demasiado alta. Entonces, una forma de ayudarlo a que se destrabe puede ser bajándole la presión que ejercemos sobre él, diciéndole por ejemplo "hacé las cosas como puedas, de la mejor manera que puedas, pero del modo que a vos te guste y gratifique; y si en última instancia te equivocás, aprendés." La idea es fomentar entre la gente el tan mentado "just do it" de los americanos. Por otro lado, es difícil que un empleado nuevo no se bloquee si tiene como jefe a una persona con un crítico interior muy duro.

Nuestro crítico y los otros

A la vez que fuimos criados para conformar a los otros se nos enseñó también a aguardar que los otros nos conformen a nosotros. Por eso nos sentamos a esperar que otros satisfagan nuestras expectativas. En el entorno de trabajo, solemos esperar de nuestro jefe ciertas respuestas que, de no verificarse tal cual las imaginamos, nos dejan con un sentimiento de frustración o desilusión. Por otro lado, no nos atrevemos a pedir aquello que sentimos que nos está haciendo falta y tampoco a señalar, por evitar posibles discrepancias con la conducción, realidades que intuimos que pueden llegar a perjudicar a la empresa.

Sin embargo nadie sabe mejor que uno qué es lo que necesita. Empieza la caridad bien entendida por casa. Uno mismo tiene que aprender a darse lo que necesita, eso es lo que cuenta. Y si además los otros se lo amplifican, tanto mejor. Pero el mejor proveedor de uno es indiscutiblemente uno mismo. ¿Qué es lo que necesito yo para sentirme bien que nadie más puede descubrir, conocer y hacer por mí? Puede ser que en mi caso el mejor modo de gratificarme sea practicar un deporte, desarrollar una actividad cultural o aumentar el tiempo que le dedico a un hobbie. Gratificarme aunque más no sea unos minutos por semana implica empezar a revalorizarme. Y este es el primer eslabón de una cadena de crecimiento difícil de romper.


Ejercicios para detectar el crítico interior propio


1- Trabajamos de a dos y preferentemente con gente que no conocemos.

Primera parte:

Cerramos los ojos y respiramos profundamente. Ahora nos retrotraemos a una situación del pasado lejano o reciente en la que pasamos vergüenza, ridículo, donde quedamos expuestos en público, donde nos sentimos mal. Vamos a ir a esa situación -la primera que nos venga a la mente aunque no nos guste o nos moleste- y vamos a describírsela a nuestro compañero en pocos minutos, sin ninguna escenografía o vestuario, sin perdernos en prolegómenos. Vamos a describir sólo lo que pasó, qué nos dijo el otro, qué dijimos nosotros, qué sentimos y sobre todo cómo nos sentimos.
El que escucha no abre la boca hasta que le toca su turno.

Segunda parte:

Vamos ahora a intentar detectar exactamente qué mensajes grabó nuestro crítico en esa situación de ridículo, qué consignas específicas y negativas dejó registradas en nuestra mente que afloran y nos inhiben en situaciones similares. Seguramente vamos a poder reconocer cuántas cosas dejamos de hacer por esas órdenes que quedaron archivadas en nuestro crítico, hasta qué punto esa experiencia de ridículo nos paralizó en situaciones y circunstancias análogas posteriores.

2- Preguntándonos por si acaso

-¿Qué decisión estamos posponiendo o difiriendo hace tiempo?

-¿Qué nos impide avanzar?

-¿Qué nos decimos internamente para no hacer?

VERSIÓN COMPATIBLE CON IMPRESORA   

Autora:
Nora Fusillo
Contadora Pública

Especialista en el Desarrollo del Potencial Humano.
Profesora y conferencista en diversas instituciones educativas: Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, Escuela de Educación Continuada del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Escuela de Negocios de AMBA, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), Universidad de Palermo (UP), Universidad Tecnológica Nacional de Santa Fe, entre otras.
Miembro electo del Tribunal de Ética Profesional del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es autora de "El Plus Personal", Editorial Buyatti, "Se Acabó el Desempleo", Editorial Norma y "Factor Humano y Empresa", Ediciones Mercado, entre otras publicaciones.

Es titular de la consultora Nora Fusillo & Asociados, especializada en Transformación de Estructuras Empresarias, Calidad de Vida Laboral y Desarrollo de los Recursos Humanos.